Un sonido inolvidable, un tango para la eternidad

Sería complicado, fatigoso o bien obsceno para cualquier melómano explicarles a el resto las razones por las cuales ciertos discos ocupan un sitio de forma perpetua en sus fibras más íntimas desde la primera vez que los escucharon. Tras miles y miles de audiciones (conforme que los LP se rayaban, o bien expulsaban tras ponerlos diez veces en el plato aquel ruidito que ahora recuerdas como algo más entrañable que molesto, y que los CD tampoco garantizan eterna duración, algo según lo que parece eliminado en las audiciones a través del espectacular Internet, mas los trogloditas siempre y en todo momento identificaremos la música con los discos de vinilo) les prosiguen conmoviendo, viran en su cabeza y en su corazón, se han transformado en la banda sonora de lo que han vivido, querido y sufrido. Y quizá ese amor, obsesión, complicidad, no la protagonicen indiscutibles piezas maestras de la música, esa condición con atributos intocables llamada clasicismo, sino esos sonidos o bien esas voces que alborotan de manera permanente el ánima obedecen a motivos que solo conocen , si bien haya otras personas, muchas o bien pocas, que compartan ese amor.

Descubrí al tiempo y en idéntico sitio a un pintor y a un músico que me perturbaron. Ocurrió en un cine de Perpiñán hace cuarenta y tantos años. En los títulos de crédito de Último tango en la ciudad de París aparecían pinturas fascinantes de gente desfigurada y desgarrada, en proceso de descomposición, al tiempo que el sonido de un saxo expresaba lamentos. Eran el anticipo y la simbiosis perfecta de una historia febril, salvajemente sensible, en carne viva, de un lirismo que hace daño, con una interpretación de Brando que está alén del elogio, en la que volcó muchas y dolorosas cosas de sí. Las pinturas iniciales eran de Francis Bacon y la banda sonora la había creado Gato Barbieri, con la inestimable cooperación en los arreglos del gran Oliver Nelson.Gato Barbieri, durante su actuación en el V Festival de Jazz de Madrid en 1984.

Aquella música y ese saxo que rugía, lloraba, chillaba, intranquilizaba, reflejaba el luto, el romanticismo más duro, desesperación, resultaban inseparables de las imágenes, eran estados anímicos, era pura seducción. Los sonidos que ambientan la febril carrera en el amanecer de la ciudad de París de ese Brando borracho persiguiendo a su último tren vital, representado por esa mujer joven, compleja y ya desilusionada de un juego tan sensual como peligroso con un ignoto blasfemo y erótico mas que asimismo está envuelto en desgracia, o bien al final del escalofriante monólogo de Brando frente al cadáver de su suicidada esposa, te alborotan el corazón para el resto de tu existencia. O bien cuando menos el mío. Y ya sé que versiones edulcoradas de aquella banda sonora suenan plácidamente en los elevadores y en los escenarios más descafeinados. Asimismo suena Van Morrison. Y no me extrañaría que se atreviesen con las canciones más broncas de Tom Waits. “Para que la desesperación se venda bien, solo resulta necesario hallar una fórmula”, aseguraba Léo Ferré. Como prácticamente siempre y en todo momento, llevaba razón.

Tras aquel bello conocimiento, proseguí a lo largo de múltiples años las huellas de Gato Barbieri. Recuerdo discos irregulares con instantes excelentes, como la volcánica entrada de su saxo tras ir presentando todos y cada uno de los instrumentos de la banda que le acompaña en el disco The Third World, Chapter One: Latin America. ¿O bien era en el tema final, grabado en riguroso directo en Brasil, de Chapter Two: Hasta siempre”. Da lo mismo. Solo sé que desde el fantástico John Coltrane, ningún saxo me había llegado tan dentro como el de Gato Barbieri.

Tiempo habría para la decepción. Y llegó. Primero en un concierto lamentable que dio en la capital española. Le habían antecedido los días precedentes el arte torrencial que desprendían la trompeta de Dizzy Gillespie y el piano de McCoy Tyner, 2 leyendas con causa. Mas no recuerdo que Gato Barbieri me provocara ninguna sensación perdurable. Solo había estruendos embrollado y presuntamente vanguardista. Sonaba como un colgado ineficazmente obsesivo. Eran los años en los que molaba cantidad el free jazz. Mas no todo el planeta podía tocar como Ornette Coleman ni navegar con tanta personalidad y estilo como él por terrenos inexplorados y hoscos. Y después llegaron discos repetitivos y prescindibles, si bien te encontrases su música hasta en la sopa. A lo largo de un tiempo no exageradamente largo fue bastante popular, mas sus temas sonaban a fórmula con incierto encanto.

Y de pronto dio la sensación de que había desaparecido. Lo rencontré en la película de Fernando Trueba Calle cincuenta y cuatro. Y su breve actuación era increíble. Te devolvía el sonido que alguna vez amaste. Fernando me contó que se halló con alguien amable mas de forma transparente machacado. Alguien que aún se alumbraba un tanto recordando sus trabajos con Bertolucci y con Glauber Rocha, extrañando la temporada dorada de la nouvelle vague. Y Fernando me traía un regalo perdurable. Era el enmarcado LP de la banda sonora de las clases de tango de la escuela de tango en la ciudad de París con una dedicatoria muy cariñosa del hombre que la creó, rematada con el dibujo de un gato. Han pasado muchos años, mas no me canso de mirar la portada de ese disco ni la firma que le acompaña. Es la de Brando vestido de negro y con los ojos cerrados tumbado en una poltrona. Da temor imaginar lo que sucede por la cabeza y por el corazón de ese tipo crepuscular, a puntito de terminante derrota. Y tengo claro que, si tuviese que salir un día corriendo de mi casa por peligros inminentes, procuraría ante todo llevarme conmigo esa portada, otra dedicada por Brassens en el último disco que publicó y ciertas fotografías de pequeños y adultos muy queridos.

Leo que Gato Barbieri está muerto arruinado y solo. Y me conmueve. Asimismo me entero de su convicción de que los músicos de jazz no le consideraban uno de los suyos y que los músicos latinos tampoco le consideraban de su gremio. Ojalá su orgullo o bien la creencia en su arte le evitaran sentirse demasiado solo. Y qué bien le sentaba la ropa, los sombreros, a ese señor que parecía más chulo que un 8. Y que alguna vez creó sensaciones recordables con su saxo, tocando como los dioses.